Odio a los milicos, siempre los odié y los odiaré.
Si encima voy a votar y me toca jussssto un colegio que, todo bien me queda a una cuadra, pero es de milicos... Ya me hincha las pelotas.
Si tengo que pasar por un pasillo de 10 metros rodeada de ellos, aún los odio más.
Sumémosle que tenían puestos barbijos y junto con sus armas largas, no parecía tener mucho que ver.
Y enciiiiima cuando doblo en un pasillo para ir hacia mi mesa y cumplir mi deber cívico (y si, quería decirlo así) me choco con uno que venía a los pedos con su arma en la mano, el barbijo colgandole del cuello y me dice "uuuyyy maaaaameeeee" y me mira de pies a cabeza, focalizando claramente en mi orto.
Vale destacar, que yo no estaba vestida con un mini-vestido animal print, con un escote hasta el ombligo señores... NOnono, yo estaba con un joggin gris (esos viejos que sólo usamos para dormir!), un buzo verde y un gorrito negro de lana... Lo juro.
Cuestión, que siendo las 17.50 voy a mi mesa, voto a Pino :), vuelvo, recorro el pasillo, doblo para salir y veo que el último de los milicos era el gil que me había cruzado al doblar, así que fui preparada y cuando llegué a la puerta, le dije, antes que pueda abrir su bocota "No, no soy tu mami, gil".
Eso y las veces que les he dicho en la cara "Yuta puta" a la cana, son las pequeñas cosas que alegran algunos días grises.